Pedir peras al olmo. Diversidad y convivencia.

Lo confieso.

Estoy muy enfadada. No. Creo que va más allá. 

Creo que llevo unas cuantas semanas nadando a contracorriente; arrastrándome para encontrar un poquito de calma y estabilidad emocional a este huracán de ira que llevo dentro. En el único lugar que me siento en calma es en el trabajo. Disfruto mucho con mis alumnos y compañeros. Literalmente me hacen olvidar la “mala leche” que llevo dentro. Me cuesta convivir diariamente con personas que siento que parecen seres de otro planeta y si encima hacen según que cosas, pues peor lo llevo.  

Cuento:

Mi hijo se puso malo con un buen catarro y teniamos que ir a pasar el día su padre y yo a Barcelona para hacer unas gestiones. Se me ocurrió la idea de dejárselo a su abuela. Allí se podría quedar tranquilamente en el sofá, ver los dibujos y descansar. Nos fuimos muy tranquilos y al rato mi marido al ver el móvil me suelta un: “bua, te vas a cabrear mucho”. Y sí. Así fue.

A la abuela, con toda la buena intención del mundo (eso no lo pongo en duda, porque se qué es así) no se le ocurre otra cosa que llevar a mi hijo, resfriado y con fiebre, a la peluquería del barrio para que le corten el pelo. “Con máquina y tijera; ha sido. Y se ha portado muy bien”.  Me suelta la buena mujer añadiendo que lo que tiene el niño es “mucha tontería nuestra”. Llegamos a buscarlo. Ve a su padre y lo primero que le suelta es: “malo”.  Sube al coche y yo le intento tocar y me aparta. Le digo que está guapo y me dice: “no toy guapo”. 

Desde aquel día todo ha sido un bucle enorme para nosotros y un paso atrás gigante para él porque mi hijo no soporta que le corten el pelo. Cuando digo que no lo soporta, quiero decir que le dan verdaderos ataques de pánico y se queja de dolor por la sensación del pelo en la piel. Desde la última vez que se lo cortaron, hemos ido trabajando en casa el tema de cortar el pelo y las uñas ( que tampoco lo lleva bien ).  Jugábamos a los peluqueros, le recortaba yo el flequillo cada día un poquito…Y estábamos esperando a que el estuviera preparado. Pero no hizo falta esperar más. 

Desde ese día está más distante, agresivo, come peor, rígido por un tubo y más sensible a los ruidos. 

Pero que tontería!! Dirán muchos. 

Sí. Para los que ven la realidad desde su planeta seguramente estoy hablando de cortinas de humo o imaginaciones de unos padres jovenzuelos. 

No. Para los que conocen a alguien con dificultades para los cambios, intolerancia a según que sensaciones o tienen conocimientos científicos sobre el tema, se imaginarán que para mi hijo esta experiencia le ha supuesto un verdadero sufrimiento. 

Su sufrimiento es nuestro sufrimiento. 

Por que explico esto? 

Porque veo que las personas no tienen sus conciencias despiertas. Están en un estado de constante hibernación o son conciencias muy pequeñas para ver más allá. Es como si a un miope le haces ver un águila a lo lejos. No la verá. Pero el miope se puede poner gafas. Y entonces podrá ver el ave volar. La falta de conciencia es una miopía vital que solo se soluciona con las mejores gafas del mundo: el respeto. 

Creo que las personas diferentes, madres, padres, amigos…que tenemos una conciencia entorno la diversidad, tenemos la obligación de hacernos respetar para evitar el sufrimiento. Pero también pienso, muy sinceramente, que deberán pasar años… muchísimos…para que deje de haber tanto “miope” “sin gafas” en este país.  No solo tenemos un nivel educativo medio-bajo (según indican las estadísticas). También tenemos una traducción muy arraigada en eso de “matar pájaros a cañonazos”.

Estamos rodeados de pequeñas conciencias dormidas que nunca verán más allá del borrón que ven sus ojos. Hay que tener muy claro en qué punto estamos. Y creo que es importante ser honestos. Para poder trabajar con lo que realmente se tiene. No podemos pedir peras al olmo. Por muchas ganas de peras que tengamos. Pero si podemos invitar a usar el respeto como unas gafas para ver a los otros. Muchas veces, es inútil perder tiempo y energía (que jamás vuelve) en hacer comprender que somos diferentes y el qué nos hace diferentes. No es necesario. Pero si que nos respeten y nos hagan sentir tranquilos. En calma. Con nosotros mismos y el entorno. Que el sólo, ya es duro y agresivo por su naturaleza; nada más faltaba que vengan los inconcientementes para terminar de arreglarlo.

Vive y pide que te dejen vivir. Quizás, así, la distancia entre las dos conciencias será menor. Cada día un poco más y mejor.

Pero recuerda. Un olmo no es un peral. Que no te alejen o empequeñezcan tu naturaleza.

 Eso jamás.

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2 comentarios

  1. Un colega tiene un hijo con TEA, y una amiga común me contaba con cierta amargura lo “blandengue” que mi colega es al “no disciplinar” al niño. Aunque traté de explicarle con toda la cortesía del mundo que al chico no se le puede tratar como a los demás, no hubo manera de convencerla. Lo único que pude decirle fue “algún día, cuando seas madre, lo entenderás; y espero que le pidas disculpas por juzgarlo así”. Aún queda mucho camino por recorrer para que al menos nos comprendan, y lo único que nos queda es dar un paso más cada día.

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